05 julio, 2017

Niña de la guerra, relato verídico.




Quedarán para siempre en mi memoria las imágenes de los comienzos de los años 90, la cara de los muchachos, algo mayores que yo, pero que aún no eran adultos y corrían a una guerra armados con un corazón enorme.

Los admirábamos mientras se alejaban saludándonos con la mano, con una sonrisa y una canción en los labios. Nos dejaban una sensación de despreocupación, como que no iban a una horrorosa guerra de la que, tal vez, no volverían…
Muchos de estos jóvenes de oro jamás regresaron.
Recuerdo, como si fuera ayer, a mi padre que se prepara rápidamente, se calza las botas, y yo, sentada frente a sus pies, haciéndole infinitas preguntas. A cada una de ellas me respondía pacientemente, y sonreía, para que  no tuviera miedo. Pero yo ya sabía, en ese entonces, reconocer acurrucada en un rincón de su sonrisa, una gran preocupación por mi y por nuestra Patria.
No se dio cuenta cuando le puse en el bolsillo de su chaqueta una foto del Sagrado Corazón de Jesús, para que lo cuidara  y yo pudiera volver a abrazarlo cuando volviese.
En la despedida me levantó, me abrazó y preguntó: "¿Quién tuvo una hijita?" y yo, con el corazón lleno de gozo, contesté: "¡Papá!"
Como crecí con mi padre y sin madre, estaba sola en mi casa mientras él  iba a la guerra. Pero tenía cerca a mi  abuela, anciana ya, hoy fallecida, que se ocupaba de mi y que, por temor a los bombardeos, no me permitía pasar los días jugando afuera.
Una vez, en tiempos de ataque, me entretuve en el jardín, y mientras alrededor se levantaba la tierra, mi abuela, toda asustada, corrió hasta mí, me empujó bajo su falda, me envolvió con ella cubriéndome por todos lados, para protegerme, pobre, como si una metralla no pudiera traspasar la tela. Todavía estoy abrumada por la pena cuando pienso en ello. Pero nosotras, niñas inquietas, deseosas de jugar afuera, no podíamos esperar el momento en que nos dieran permiso para jugar en el parque cercano. Y en esos días, había silencio.
Recién habíamos comenzado a jugar, nosotras cuatro, corríamos felices por el parque, sin adultos cerca, cuando de repente se oyó ese horrible sonido de la sirena, y al instante, los aviones estaban sobrevolándonos. Pasaban tan bajo que pude ver la cara del "héroe" que disparaba su metralla sobre nosotras. Los disparos caían por todos lados, pasaban por entre mis piernas, y luego, las bombas...
Nosotras caímos al suelo, mientras que la tierra a nuestro alrededor, ascendía y temblaba.
Por mi cabeza pasaba  un único  pensamiento...éste es el fin de la vida y sólo pensaba en mi padre y cómo no debo morir por él, no podía estar muerta cuando él volviera!
A mi alrededor estaban acostadas mis amigas y, por la manera en que nos atacaron, no entiendo como quedamos vivas, tres de nosotras, la cuarta no....
Nuestra pequeña amiga, la más joven, fue alcanzada por una bala en la parte posterior de la cabeza, cayó junto a mí. Vi sangre en el pasto y, como en un sueño,  la arrastré hasta la primer casa. Estaba bañada con su sangre y ella ya estaba muerta. Los aviones se fueron, terminaron los disparos, volvió el silencio....
Mi abuela quedó atascada en la valla de una cerca cuando intentó, en medio del terror, venir hacia mí. Enseguida las vecinas la ayudaron a salir de allí. Cuando  la madre de la niña fallecida me vio bañada en sangre dejó de llorar y preguntó dónde estaba su María y si ésa era la sangre de ella. De mí no salió ni un sonido, estaba parada frente a ella, como clavada, sin saber ni cómo, ni qué decirle. Cuando ella vio el cuerpito de su hija sin vida, comenzó a romper los vidrios de las casas con los puños.
Mi abuela me llevó a casa, me bañó. Y cuando mi padre regresó del campo de batalla me dio un reto tan grande que ya nunca me permitieron ni asomarme al parque.
Nunca voy a olvidar a mi pequeña amiga y mientras yo viva, ella vivirá en mi corazón. Nunca olvidaré ni una lágrima, ni una bomba, ni nuestra niñez robada, ni a nadie que de cualquier manera haya sufrido por el bien de nuestra Patria. En especial a nuestros soldados, los verdaderos héroes, a los  que sobrevivieron al infierno y a aquellos cuyos nombres he leído en las cruces, mientras les prendía una vela.

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Traducido por Stella Hubmayer
Texto original:  RatnePrice