19 abril, 2014

Mensaje pascual del cardenal arzobispo de Zagreb, Josip Bozanić


¡Hermanos y Hermanas en la fe!

1.   Cristo Jesús con su pasión, muerte y resurrección, salvó al mundo y al hombre, devolviéndolo a la unidad con Dios. Para eso vino al mundo y cumplió la voluntad de su Padre celestial. En su indescriptible acto de amor se encuentra la liberación, el enlazamiento, la unificación, la sanación, la reunión de todo lo que estaba dividido, destruido, desparramado, desunido y enfrentado. San Pablo le escribe a los cristianos de Efeso: "Porque Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó
con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona“. (Ef 2, 14-16). Cristo engendró al hombre nuevo reconciliándolo con Dios por la cruz.
En el misterio de su encarnación, muerte y resurrección Cristo reconstruyó la unidad que el pecado rompió: la unidad del hombre con Dios y, como consecuencia de ello, la unidad entre los hombres. La reconciliación con Dios trae frutos de reconciliación entre los hombres. La encarnación le posibilitó al Hijo de Dios abarcar todo lo humano, siendo solidario con nosotros en todo, excepto en el pecado. Justamente esa fue la premisa para poder elevar en si mismo todo lo humano hacia el Padre. La cruz está en el centro dramático de ese camino de Cristo; en la cruz se finaliza la unión más profunda con lo humano y con la humanidad. En la cruz Cristo abarcó la realidad completa y - como acostumbra a decir la tradición de siglos de la Iglesia -  concertó, recapituló, unió todo en el cielo y en la tierra realizando la novedad que hace renacer al hombre. Por ello en la elevación de la cruz observamos la muerte, la resurrección y la vuelta al Padre, pero de la misma manera también la atracción de todas las personas hacia ese acontecimiento que de la división nos conduce a la unidad.

2. En estos días santos vivimos más profundamente el misterio de nuestra fe cristiana y la pertenencia a Cristo, a su cuerpo místico - La Iglesia. Con el misterio de la resurrección de Cristo en la vida de nuestra Iglesia enlazamos las celebraciones de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Comunión) y nos alegramos con los nuevos miembros del Pueblo de Dios que con el Bautismo renacen a una nueva vida, se hacen imagen de Cristo con la fuerza del Espíritu en la Santa Confirmación y se transforman en personas eucarísticas para la vida del mundo. Ante nuestros ojos, en nuestra vida, se reconstruye la verdad de que la unidad con Cristo se transforma en unidad de la Iglesia, que es el fruto de la obra redentora de Cristo. Justamente esa unidad, como  fruto del misterio pascual, permanece como signo vivo y claro de aquello realizado con la resurrección. El anuncio de la muerte de Cristo en la cruz abre el entendimiento vital de Dios como interrelación de amor. El despojo de Cristo, el ofrecerse a si mismo y no recurrir al derecho de su divinidad, esa humildad más profunda posible en la que sintió el abandono total - expresada en el grito "Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” - (Mc 15, 34), anuncia el misterio de la Santísima Trinidad que se entrega en el amor. Dios expresó su amor al hombre hasta el precipicio y la oscuridad de le muerte de su Hijo, en el que nos regaló todo. Jesús nos muestra que el amor verdadero está marcado con el enfrentamiento con la muerte, el don de si mismo, la entrega de la propia vida. Ese es el eco de aquello que Cristo realizó en la cruz, renunciando al egoísmo i entregándose totalmente. Por ello dice: "El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla" (Juan 10, 17). Para encontrar nuevamente su vida en la resurrección y en la plenitud del cuerpo glorificado que contiene la totalidad de la nueva creación, hay que depositarlo, entregarlo y ofrecerlo. El nivel más profundo de la entrega de sí mismo coincide con el don del Espíritu Santo. Jesús entrega su Espíritu (Juan 19,30) en el momento en que vive el despojo total.

3. En nuestra vida esa ley del amor en la Santísima Trinidad se traduce en el mandamiento del amor mutuo: "Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros" (Juan 13, 34). Jesús para nosotros no es  solamente modelo, sino que nuestra fe en Él y la gracia de los sacramentos a través de los cuales somos incorporados a Él nos posibilitan amar como amó Él. La vida cristiana es la continuación de la vida de Cristo en los cristianos. Eso significa que nuestro amor no es solamente imitación de Su amor sino que es participar en el mismo amor y su prolongación. Nos preguntamos cómo debemos amar al prójimo, recibimos la respuesta en Jesús que con toda su vida nos mostró como debemos amarnos los unos a los otros, porque Él nos amó y nos dio su capacidad para amar. Y para decirnos cómo es ese amor, Jesús nos encamina hacia la medida más elevada: "Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor" (Juan 15, 9). Permanecer en su amor da una nueva calidad de amor, porque no se trata de una mera comparación, sino de incorporarse. Por ello Jesús puede pedirle al Padre que entre los apóstoles se realice esa plenitud de la unidad que hay entre el Padre y Él: "Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros" (Juan 17, 21).

4. Jesús resucitando nuevamente trajo la unidad de toda la realidad, devolviendo a todo el sentido y el enlazamiento mutuo. Él "ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad" (papa Francisco, La Alegría del Evangelio, 229). Es evidente que solamente Cristo, vencedor sobre el pecado y la muerte, sobre los dos más grandes divisores y enemigos de la Vida, puede realizar la unidad en los corazones de las personas pero también en las comunidades. Cristo murió por todos los hombres y por todos los pueblos, para fundar un nuevo pueblo nacido del agua y del Espíritu Santo. Con ello no eliminó las particularidades culturales, sino que permitió que viva un pueblo, el Pueblo de Dios, con muchas caras en muchos pueblos. Nosotros estamos agradecidos al Señor por haber encuadrado a nuestro pueblo croata en el Evangelio y los valores evangélicos. El papa Francisco escribe en su exhortación apostólica La Alegría del Evangelio: "En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios. Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio" (papa Francisco, La Alegría del Evangelio, 116).

5. En esta Pascua me siento incitado a destacar especialmente esa realidad creyente de la unidad, ese estar unidos en el amor, ante lo que debe predominar la búsqueda del bien del prójimo, como algo precioso  que hay introducir en la sociedad croata, construyendo la unidad del pueblo y de la sociedad que se basa en los valores de la verdad y la generosidad. Ese tesoro lo tenemos en la tesorería de nuestro ser nacional. Y no es demasiado exigente descubrirlo nuevamente y vivir de él. Pero es importante reconocer previamente con la luz del Resucitado aquello que introduce intranquilidad, divisiones y desunión en nuestro medio. Es necesario reconocer los enfrentamientos en los distintos campos de la vida social, que, lamentablemente, en Croacia, bajo nuevas ráfagas de egoísmo de individuos y de determinados grupos, día a día sentimos cada vez más. El papa Francisco escribe: "El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad" (papa Francisco, La Alegría del Evangelio, 226).
Por ello preocupa la acentuación de la desunión y de la división en el tejido del ser nacional croata, que destacan los creadores de la opinión pública croata cuando se trata de la identidad nacional, la formación y las cuestiones fundamentales de la vida social. ¿Es eso que nos presentan nuestra realidad croata o solamente nos quieren convencer intencionalmente de eso? Es importante reflexionar sobre ello cuando nos enfrentamos con las cuestiones actuales de la sociedad croata, cuando vemos que intencionalmente se refuerzan determinados enfrentamientos impidiendo mirar hacia el pasado para que se puedan ver los valores básicos y no dando espacio al futuro, basada en fundamentos más profundos que la mera aspiración al provecho material que se transforma fácilmente en motor del egoísmo y el enfrentamiento.

6. El papa Francisco invita a superar la superficialidad de los enfrentamientos y a participar en el nuevo proceso de construcción de la unidad, en el que tiene una importancia especial la solidaridad, con cuya ayuda los enfrentamientos, tensiones y contrariedades pueden alcanzar las múltiples formas de unidad que trae la nueva vida.  "No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro" (papa Francisco, La Alegría del Evangelio, 228). El Santo Padre promueve el camino de la solidaridad para que seamos constructores de la unidad y con amor mutuo transformemos el mundo. Hay que caminar contra la corriente del individualismo perverso que introduce el mal en la familia, la economía, el sistema financiero y la política. Son cada vez más aquellos que desengañados con los acontecimientos sociales se quiebran hasta el sentimiento de impotencia y dejadez. Por ello es necesario cambiar la forma de pensar y actuar en el campo del trabajo, la economía y la política en la promoción de una sociedad que no es solamente una multitud de individuos sino una comunidad solidaria, en la promoción de relaciones sociales en las que no están en primer lugar los intereses egoístas de individuos o grupos, a menudo bien protegidos por quienes gobiernan, sino el bien común de toda la comunidad social y estatal. Por mi servicio pastoral en la Iglesia estoy con mi pueblo, como siempre, compartiendo en este tiempo apretado por la crisis sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias. Ya pasaron más de seis años desde el inicio de la grave crisis económico-financiera, que afectó especialmente el campo del trabajo. Eso lo sienten especialmente nuestros jóvenes que después de finalizar sus estudios no pueden encontrar trabajo, pero también aquellos que después de muchos años y decenios de trabajo se quedan sin trabajo y con la preocupación por su familia. Esos ciudadanos en nuestro medio están privados de sus derechos humanos fundamentales, como es el derecho a trabajar. Esa situación preocupa y exige cambios rápidos, una nueva solidaridad y la unidad de toda la sociedad. Es obligación y tarea de todos, y especialmente de los gobernantes, ayudar y acelerar el crecimiento y el desarrollo que posibiliten la apertura de nuevos puestos de trabajo.

7. ¡Hermanos y hermanas! Hemos pasado el camino de la cuaresma, escuchado la Palabra de Dios y sus estímulos con los que sale a nuestro encuentro y nos llama a la conversión, a la confesión de los pecados y a cambiar de vida. A través de la Iglesia nos ilumina el camino hasta la unidad alegre de su presencia que nos lleva por la huella de la oración, la renuncia y la oposición a las malas costumbres, y por la huella de las buenas obras y la generosidad. Cada vez que sentimos la propia debilidad, la dejadez y la amenaza de la desesperanza, nos encaminó hacia la unidad de su amor que dejó como prenda a su Iglesia. Y ahora estamos en el centro del año litúrgico, celebrando alegremente la resurrección del Señor y el don de su Espíritu que nos permite también a nosotros ser los unos para los otros la misma fuerza espiritual y el hogar de la nueva esperanza. Seamos constructores de la unidad renovada en la Iglesia y promotores de la solidaridad cristiana en los lugares donde vivimos. Que nuestra unidad religiosa y católica sea reconocible y eficaz también en nuestra sociedad croata. Invito a todos los creyentes a rezar especialmente en esta Pascua por la paz en Ucrania y a ser solidarios con el pueblo ucraniano. 

¡A todos, en la unidad de la Iglesia y del humanismo les deseo felices  Pascuas e invoco la bendición de Dios para cada hogar y para toda nuestra patria Croacia!

Vuestro arzobispo, † Cardenal Josip Bozanić.
En Zagreb, el Domingo de Ramos, 13 de abril de 2014.


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