21 mayo, 2017

Homilía de Bleiburg 2017 (Austria)


Homilía del arzobispo de Đakovo y Osijek, Đuro Hranić pronunciada  durante la Santa Misa celebrada en el Campo de Bleiburg, Austria, el 13 de mayo de 2017 con motivo de la conmemoración del septuagésimo segundo aniversario de la Tragedia de Bleiburg

Estamos reunidos en el campo que representa a uno de los campos más trágicos en la historia de nuestro pueblo croata y el comienzo de la gran tragedia de varios cientos de miles de soldados y civiles croatas  después de la Segunda Guerra Mundial.
Su destino es tan trágico y humillante que aquellos que los condenaron y asesinaron consideraron que las víctimas no merecían ni siquiera que se supiesen e inscribiesen sus nombres, y el sistema totalitario se preocupó - y aun hoy los restos de ese sistema se preocupan - de que no sepamos dónde exactamente fueron asesinados y dónde están todas las tumbas y las fosas en las que descansan sus restos. Fueron condenados a que nadie pudiese ni siquiera nombrarlos, a que nosotros los más jóvenes no debiésemos ni siquiera saber sobre ellos, y menos aún preguntar por qué fueron asesinados. Y ahora que la verdad, a pesar de la enorme resistencia,  comenzó a abrirse paso, se intenta impedir también nuestra oración por esas víctimas sin nombre.

A todos ustedes, hermanos y hermanas, que soportáis con dificultad todo eso, os ruego humildemente que con ningún acto, palabra, símbolo o gesto, ayudéis aquí a aquellos que desean impedir  la iluminación de la verdad sobre esas víctimas. Os ruego que evitéis todo aquello que de cualquier manera pueda desviar la atención de tal modo que aporte a la continuación del silenciamiento de la verdad sobre las víctimas del “Camino de la Cruz”[1] y del sistema totalitario comunista.

¿Por qué san Juan Pablo II nos llamó y por qué la Iglesia nos sigue animando a que no olvidemos recordar a aquellos inocentes asesinados? ¿Cuál es el fin de nuestra reunión de hoy y otras similares, de la conmemoración de aniversarios y de otras conmemoraciones de las víctimas de nuestro pueblo y de las conmemoraciones que organizan también otros pueblos? La respuesta a esas preguntas nos la dan la Palabra de Dios de hoy y las apariciones de la Virgen María en Fátima, que, como todas las otras apariciones de María, son la voz profética del Cielo al servicio de nuestra conversión y de nuestra aceptación del anuncio de Dios en su Hijo encarnado Jesucristo.

En la primera lectura del Libro del Apocalipsis en el cielo se abre un Santuario y en el mismo aparece el Arca de la Alianza. La primera que sale al escenario es una misteriosa Mujer. Vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Al mismo tiempo con Ella entra en escena también el Dragón, para devorar a su Hijo ni bien esa Mujer encinta diese a luz. Ese Dragón, que simboliza las fuerzas del mal, desea destruir el fruto de Su vientre. En el desenlace del drama descrito el niño al que dio a luz fue arrebatado hasta Dios, y Ella misma huye al desierto, Su refugio transitorio. La Iglesia en esa imagen de la Mujer misteriosa siempre reconoció a la Santísima Virgen María en la gloria celestial, pero también se reconoció a sí misma, que a través de su historia terrenal pasa por padecimientos, persecuciones, crisis y por sus propias dudas, pero al mismo tiempo a través de todo eso con más fuerza adhiere a Cristo y camina hacia la gloria celestial, a la que la Santísima Virgen María ingresó como la primera de entre nosotros los hombres, como madre del Niño Jesucristo, al que dio a luz, llevó y cobijó en sus brazos. Doce estrellas sobre la base azul - la bandera de la Unión Europea  son esas estrellas alrededor de la cabeza de la Mujer, es decir la Santísima Virgen María en el Libro del Apocalipsis. ¿Y no habría que reconocer en el Dragón que amenaza al Niño - Jesucristo también a los sistemas totalitarios del siglo XX?

María en Su himno de alabanza “Magnificat”, que hemos cantado como Salmo Responsorial, y Jesús en sus Bienaventuranzas en el párrafo del Evangelio que hemos escuchado, ponen frente a nosotros un paradigma totalmente diferente a aquel que está inscripto en nuestra naturaleza humana pecadora. En el canto que surgió del alma y del corazón de María, Ella anuncia la grandeza de Dios. Con las palabras “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador“,  María expresa su deseo de que Dios sea grande en su vida, en el mundo, entre nosotros los hombres y en todos los campos de nuestra vida. No tiene temor de que Dios pueda cuestionar nuestra libertad humana, quitarle o disminuirle a la misma el espacio vital. No tiene temor de que Dios pueda ser rival del hombre, de que pueda restringirnos con Su grandeza o de que los Mandamientos de Dios puedan ahogar nuestras tendencias humanas y la alegría de la vida. Ella no le teme a Dios, a Ella no le molesta Su presencia. Al contrario, Ella sabe que recién cuando Dios es grande a nuestros ojos, entonces somos grandes también nosotros los hombres. Dios eleva al hombre y amplía el horizonte de nuestra vida humana.

Al revés de María, nuestros primeros padres Adán y Eva pensaban lo contrario y eso fue la esencia del pecado que cometieron. Pensaron que Dios los iba a amenazar y por eso desearon ser autónomos, libres e independientes de Él, y lo rechazaron. El pecado es siempre rechazar a Dios y Su ofrecimiento de amor, alianza y amistad. De esa manera el pecador, mientras busca la vida, en realidad falla la vida real, se precipita hacia el aislamiento y la muerte, porque rechaza a la fuente de la vida - a Dios. El pecado siempre es un acto suicida. El pecado no amenaza a Dios, sino al hombre pecador y a su prójimo. Porque cuando rechazamos a Dios, entonces nosotros los hombres comenzamos a decidir qué es bueno y qué es malo. Bueno es lo que es bueno para mí, lo que va a favor de mis intereses egoístas. De tal manera que nuestro pecado no es solamente una cuestión en relación a Dios, sino que  siempre afecta también a otros. El pecado también tiene dimensión social y afecta y causa mal a toda la sociedad.

Contrariamente a nuestros pecaminosos modelos de comportamiento, Jesús tiene medidas y criterios distintos. Podemos entenderlos solamente en el horizonte del Reino de los Cielos, a lo que nos invitan explícitamente las Bienaventuranzas de Jesús que escuchamos hoy en el párrafo del Evangelio. Las Bienaventuranzas reflejan el verdadero humanismo. Es como si Jesús felicitase a una serie entera de personas humilladas y sin derechos. Según nuestras medidas humanas sus palabras se podrían considerar como una amarga ironía: “¡Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los pacientes, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos! ¡Bienaventurados los limpios de corazón, los que luchan por la paz! ¡Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia: de ellos es el Reino de los cielos!" (Mateo 5,3-10). Las Bienaventuranzas superan el egoísmo humano común concentrado en el poder, el gobierno, la influencia, la riqueza y la fama. Ante Dios esos no son los valores más grandes. Las Bienaventuranzas expresan el humanismo incorrupto. No obstante, las Bienaventuranzas no orientan la mirada del hombre apenas hacia el futuro lejano y hacia la vida después de la muerte. Las Bienaventuranzas son un llamado dirigido a las personas nobles y  abnegadas que en el espíritu del Evangelio viven aquí y ahora, esperando en el futuro su plenitud y premio final. Para el hombre de Dios existe algo que es mucho más importante y más grande que el bienestar en esta tierra: la justicia, la bondad, la honestidad, la conciencia limpia, las manos limpias, el corazón limpio; la paz, que es obra de la justicia y la verdad, la misericordia y la reconciliación, la renuncia al mal y a la venganza (Mateo 5,45).

Queridos hermanos y hermanas, el cristianismo no es un sistema de mandamientos y prohibiciones, sino el ofrecimiento de la libertad completa y la salvación del hombre de Cristo. El cristianismo es la buena noticia, el ofrecimiento alegre y liberador de valores e ideales, el ofrecimiento de Cristo de amor y unidad con Dios y con los hombres.  Las Bienaventuranzas de Jesús hablan de la incompatibilidad entre la luz y la oscuridad, entre la fe y la falta de fe, y aquí en el Campo de Bleiburg[2] y en todos los lugares donde nos encontramos con las tumbas de las víctimas de los regímenes totalitarios, con condenas injustas, con persecuciones, torturas, humillaciones y asesinatos de personas inocentes, llaman al perdón, a la investigación de la verdad completa sobre las víctimas y los autores de las violencias, a satisfacer la justicia, a purificar nuestra conciencia y al recuerdo de los mártires. La falta de esa apertura hacia la palabra de Jesús alumbra por qué todo el problema de las víctimas del régimen ustachi[3] durante la Segunda Guerra Mundial, y en particular del Campo de Jasenovac[4], se redujo a la guerra con los números de víctimas; por qué no se podía - sobre todo no  públicamente - ni siquiera mencionar el “Camino de la Cruz” u otras víctimas del pueblo croata después de la Segunda Guerra Mundial; por qué algunos consideran que no habría y no se debería alumbrar la verdad sobre las víctimas del sistema yugoslavo comunista y por qué  algunos lo impiden también hoy; por qué el número de víctimas se modifica de acuerdo a las circunstancias y las necesidades de los regímenes políticos y sus gobiernos, por qué aún hoy todavía no se nombran y no se cuentan todas las víctimas, sino solamente las víctimas en el propio bando; por qué Jasenovac, Bleiburg, Vukovar[5] y otros lugares de padecimiento no lograron hasta el día de hoy pasar de ser temas políticos a ser temas históricos, siempre con la piedad y condolencia que corresponden.
El Evangelio nos descubre por qué los crímenes de unos son importantes para la legitimidad de otros, por qué aún hoy hay quienes  agarran piedras ni bien se menciona el nombre del beato Alojzije Stepinac y arrojan las piedras de la ofensa, del menosprecio y del odio a la otra parte. El Evangelio desenmascara los motivos por los cuales no se ingresa a todos los archivos, por qué parte de los archivos fue destruida o escondida, por qué algunas exhumaciones fueron detenidas y por qué ni hasta el día de hoy se inician investigaciones relevantes que posibiliten la confirmación de toda la verdad, para poder apreciarla en todo su espectro, y para que podamos enfrentarnos con la misma, independientemente de cuál sea esa verdad.

Queridos hermanos y hermanas, somos conscientes de que se invirtió mucho en la mentira y en panfletos y mitos como para permitirle a Dios que Él nos visite con la luz de la verdad y con Su misericordia y perdón nos haga no solamente libres de los males soportados, sino también de aquellos males causados a otras personas y pueblos, y libres para los otros, para la unidad y para la cooperación ante los desafíos actuales y las nuevas circunstancias en las que vivimos. La verdad histórica no iluminada y la sobrecarga de pasado dificultan la unidad y la cooperación, y en las nuevas circunstancias históricas se transforman en un peligro tanto para el pueblo croata como para el pueblo serbio, y en consecuencia también para los otros pueblos en estas latitudes europeas.

Reunidos aquí en el Campo de Bleiburg, a la luz de las palabras de Cristo y el llamado maternal de María, hoy purificamos nuestra memoria y recordamos a las víctimas del “Camino de la Cruz”. Dios en esta Misa    nos regala su gracia y la luz de la claridad sobre que cerrar el corazón ante Dios, como lo cerraron los seguidores del fascismo, del nazismo y del régimen totalitario comunista, es mortal ante todo para ellos mismos y luego también para el futuro de Europa y de todo el mundo. Ese corazón cerrado y la dureza de corazón ante Dios, transforma en mártires a los profetas, a las personas valientes y honorables entre nosotros, como lo fue en nuestro pueblo croata durante la Segunda Guerra Mundial el beato Alojzije Stepinac. Cerrar el corazón ante Dios también hoy se muestra destructivo para nuestro presente y para nuestro futuro.

Hoy vinimos aquí al Campo de Bleiburg, resistiendo al cierre destructivo y abriéndonos a Dios, a la verdad y a la libertad, ofreciendo el perdón a todos los que le causaron mal a los miembros de nuestro pueblo croata, pidiendo la misericordia de Dios para todos y pidiendo perdón a Dios y a aquellos a los que los miembros de nuestro pueblo croata les causaron mal. En oración recomendamos a la misericordia de Dios a todas las víctimas, para poder purificar nuestra memoria del rencor, para poder limpiarla con el perdón y la apertura hacia la reconciliación y la unidad dentro de nuestro pueblo y con todos los pueblos vecinos y los pueblos de Europa y del mundo.

Somos conscientes de que cerrar el corazón ante Dios, que todo lo sabe y todo lo ve, de que cerrar el corazón ante la verdad y rechazar la verdad, regularmente limitan con la forma más grave del desenmascaramiento da las propias obras malas y con la propia quiebra. Por eso abrimos nuestro corazón a Dios y pedimos por su luz y nos abrimos humildemente a la verdad pues sabemos que la soberbia y la falta de humildad desnudan aún más y hacen más evidente y más penosa la propia pecaminosidad y el mal que está en nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, cuando celebramos la Eucaristía se renueva la pasión de Cristo y su muerte en la cruz. Su pasión y muerte están presentes y actúan en medio de nosotros. Aquello que exteriormente fue violencia cruel, Él lo aceptó en su interior y lo transformó en obra de amor para todos nosotros. Transformó el pan en su cuerpo y el vino en su sangre y nos lo dejó como signo visible de su amor y entrega hasta el final. Transformó la violencia en amor y la muerte en vida. En ese acto de Jesús la muerte fue derrotada desde adentro, en ella ya está presente la resurrección. La muerte, hablando metafóricamente, fue herida en su interior más profundo, de tal manera que ya no puede tener más la última palabra. Esa fue la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. En esta renovación de la purificación de la memoria y del recuerdo de las víctimas del “Camino de la Cruz”, que comenzó en este Campo de Bleiburg, celebramos la Eucaristía y nos acercamos a la mesa eucarística. Nos unimos con Nuestro Señor Jesucristo que por la Santa Comunión hace partícipes de aquella explosión interior del bien Suya para vencer el mal en nosotros y continuar por nosotros la cadena de transformaciones que está en condición de transformar poco a poco este mundo en espacio del Reino de Dios. Por intercesión de la Santísima Virgen María, la Virgen de Fátima, pidamos que nos envuelva totalmente a todos nosotros la dinámica de amor de Cristo y la transformación de la violencia en amor y de la muerte en vida. Amén.



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[1] El Camino de la Cruz o Vía Crucis croata es el nombre de las caravanas de la muerte, formadas por los soldados y civiles croatas desarmados por los ingleses en la localidad austriaca de Bleiburg y luego extraditados por los ingleses a los partisanos comunistas yugoslavos quienes los masacraron a lo largo de Eslovenia, Croacia Y Bosnia y Herzegovina y aún más lejos, y arrojaron a los ríos Drava, Sava y Drina, a innumerables fosas comunes, minas abandonadas, aljibes, etc.

[2] Campo donde los partisanos comunistas yugoslavos iniciaron la matanza contra los soldados y civiles croatas desarmados y extraditados por los ingleses tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

[3] Régimen gobernante en el Estado Independiente de Croacia (1941-1945).

[4] Campo de prisioneros del Estado Independiente de Croacia.

[5] Vukovar es la ciudad croata que soportó heroicamente y precariamente armada durante 90 días el asedio del ex Ejército Popular Yugoslavo y las unidades paramilitares serbias al comienzo de la agresión serbio-yugoslava contra Croacia en 1991. Tras la caída de la ciudad los defensores y civiles fueron masacrados o internados en campos de prisioneros u obligados a abandonar la ciudad.


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